Dibújame...



Dibújame un paisaje de colores para caminar entre azul y rosa, y porque no usar el gris a mi favor y hacer de la nostalgia mi aliada y soltar mis emociones. Dibújame un sentimiento con forma de nube para saber lo que es tocar el cielo. Dibújame una ventana y un zaguán para sentarme junto a la luna a suspirar.
Dibújame un rayo de sol para el frío de mi piel y una caricia para mi alma en cueros. Dibújame una rayuela para poder seguir jugando y ganarle una partida a la vida.
Dibújame un charquito para naufragar en el reflejo de las estrellas. Dibújame un calendario que marque momentos y no el paso del tiempo. Dibújame tu sonrisa para llorar de ternura y emoción al verla. Dibújame una partitura con las notas de aquella canción. Dibújame un jardín para anticipar la primavera en esta fría tarde de invierno. Dibújame una estación donde el tren vuelva a pasar dos veces. Dibújame un sueño para querer hacerlo realidad en una noche de desvelo. Dibújame una botella para recordar que le debo un mensaje al mar. Dibújame una burbuja para conservar intactas las ocurrencias de mi imaginación. Dibújame un corazón y déjame ponerle los latidos. Dibújame las imágenes para darle vida al cuento que aún no alcanzo a escribir. Dibújame un mapa que me regale la fortuna de encontrar tus abrazos.
Dibújame tus manos para que sus líneas me lleven a un encuentro. Dibújame una mañana y un camino, para que junto con el alba yo llegue a tu puerta uno de estos días.


Rosana
-Furia de color-
Álbum: Lunas rotas

Un día como hoy...

Siguiendo las alas de un ángel, la melodía que aún puede salir de una guitarra con las cuerdas rotas, y el toque personal de hacerle caso a un impulso llegué a un lugar.
No había puertas que golpear, ventanas que mirar, suelo al que pisar, ni cielo que intentar tocar, tampoco a quien preguntar, por eso entré sin permiso para intentar averiguar. Ahí no conocía a nadie, pero nunca me sentí perdida, las historias que allí encontré me contaron de un ser frágil y especial, yo andaba de paso pero casi sin darme cuenta me quise quedar.
A escondidas y en silencio fui saltando de páginas en páginas siguiendo los pasos de una niña que lloraba en un parque, a veces reía y suspiraba por algún recuerdo. Que hacía de la nostalgia su aliada aunque a veces la lastimaba. De los sueños sus mejores cómplices. La hermosa locura que le inspiraba una “Italianita” de querer cruzar el atlántico para corretearla y contarle de su eterna admiración.
También fui testigo de todas esas discusiones con Dios, pero al fin de cuentas ella sabía que él nunca la dejaba sola y hacían las paces.
Vi a un trío famoso que con su música le puso la cursilería y las emociones a su adolescencia. Aquellas rarezas que la apartaban del resto de la gente y la acercaban tanto a mí. Su profundo amor por esa cosita de nariz fría y orejas largas. La capacidad para llegar a la creación con sólo saber mirar las maravillas que esconde algo sencillo y pequeño. La inagotable imaginación para nunca dejar de escribir y querer crear su mejor historia, como la de aquel cuento con un personaje fascinante. Todos esos pensamientos plasmados en un papel, inspirados por un atardecer que el otoño pintó de naranja. Aquella ocurrencia de verse artista y ser como Sarah.
Muchas veces la vi perdida pero algo la traía de vuelta, como aquel encuentro que tuvo con ella misma al ver su reflejo en el espejo. El primer vuelo en avión para hacer realidad lo que en un tiempo parecía imposible. Su entrega y lucha para no perder lo que tanto quería.
Descubrí que muchas veces no tenía todas las respuestas, pero su capacidad la llevó a formular la pregunta más original del planeta. Viví parte de su infancia, y todavía me pregunto: ¿qué habrá sido de aquella muñeca?
Viajé en el tiempo junto con el protagonista de un libro, cuyo viaje es mágico y aún no termina. La historia en la canción me enseñó que siempre hay algo más allá, como aquella que hablaba de unos ojos negros.
“Fijándome bien” entendí lo que era apasionarse por algo, y hacer de eso una carrera, y dejar en cada artículo algo de lo aprendido, pero mucho más de eso que nadie te enseña: el talento.
Escuché melodías que fueron bandas sonoras de un momento. Supe de películas con escenas que provocaron añoranzas y suspiros, y de esas donde “solo tú” puedes disfrutar de un día “bajo el sol de Toscana”.
Comprendí el mismo placer que provoca romper el papel celofán, y dentro encontrarse con eso que huele a arte. Y entre tantas otras cosas el mismo amor por esa personita que hoy ya no está, pero nos dejó tanto y nos marcó para siempre.
Un día como hoy hace ya mucho tiempo llegué a un lugar con matices de colores, y desde entonces todo fue diferente, desde entonces todo es mejor.


Nota: este blog está de vacaciones, pero un día especial hace que valga la pena querer volver por acá.

Soraya -A tu lado-

Laura Pausini -Las cosas que vives-

Rosana -Magia-

Días de otoño y niebla


La niebla en la mañana apagó el sol y encendió la nostalgia, es imposible concentrarme en el trabajo, el ventanal que me separa de la calle me ofrece historias para robar, la gente pasa sin darse cuenta que son los protagonistas de un momento, un simple momento en donde yo los imaginé en otro lugar y quizás en otro tiempo.
Mis manos frías buscan el abrigo al abrazarse a una taza de té, sin dejar de observar, entre suspiros y recuerdos pienso en el presente.
Los niños que marchan con paso apresurado a la escuela matizan con sus uniformes blancos el gris del paisaje, entre travesuras y risas me vi junto a ellos; intenté decirles que no se hicieran grandes, que para crecer había tiempo, y que la vida a esa altura se ve de otra manera; intenté decirles…pero no supieron entender mi mirada a través del cristal.
También vi a las abuelas, que desafiando al frío salieron a cumplir con las obligaciones del hogar, quise salir corriendo y preguntarles: ¿Cómo se hace? Pero no me atreví y maté el impulso.
Alguien que iba disfrazado de ausente no se dio cuenta que yo estaba esperando, y siguió su camino llevando entre sus manos un sentimiento compartido.
En la radio cantan palabras de Mario Benedetti, y yo pienso en la magia y el don de saber decir, la capacidad de llegar a los demás, ese toque de inspiración que te eriza la piel y se instala más adentro ¡Ay si yo pudiera expresar lo que siento!
Afuera el otoño se hace más presente que nunca, el té se ha enfriado y mis manos ya no tiemblan, tal vez es tiempo de acariciar una guitarra, tomar una pluma, o deslizar los dedos en un teclado, aunque no sepa como decir, seguramente habrá alguien que me entienda.

Valentino y Alfonsina


Valentino y Alfonsina procuran estar juntos todos los días, disfrutan mucho uno de la compañía del otro. Estos gigantes bajitos conocen la esencia de las cosas, y entienden demasiado la vida aún cuando apenas la están transitando. Tal vez son ángeles terrenales, y a cambio de las alas les regalaron la capacidad de saber mirar y el don de los sentimientos más nobles.
La tarde estaba fría, Valentino pasó a buscar a Alfonsina para disfrutar de los últimos rayos de sol y también ver un atardecer pintado de naranja, las pinceladas que le da el otoño a las cosas provocan una sensación de nostálgica felicidad, entre suspiros y sonrisas los momentos se vuelven únicos e inolvidables.
Valentino sabía que para ver al sol caer en los brazos del río el puerto era el mejor lugar, Alfonsina aceptó muy emocionada la invitación. Cuando llegaron el cielo se veía hermoso, pero algo lo empañaba: la mirada triste de una niña que tal vez esperaba que el atardecer se llevara eso que tanto dolía.
Valentino y Alfonsina no pudieron contener el impulso y se acercaron para intentar ayudarla, Valentino fue el primero que habló:

-¡Hola! ¿Está hermosa la puesta de sol no?
-Si lo está, pero las cosas hermosas y las que no son tan hermosas hay que estar dispuestos a querer mirarlas, de lo contrario pasan por tu vida sin que te afecten.
-Estoy de acuerdo con tu respuesta, me imagino que si estás acá es porque sabes mirar los regalos de la naturaleza. Perdón por mi atrevimiento, mi nombre es Valentino y ella es mi eterna amiga Alfonsina. ¿Tú cómo te llamas?
-Azul es mi nombre.
-Niña azul, tienes un nombre hermoso, un nombre con el color del mar, el cielo, y seguramente tu alma también.
-Gracias, pero mi alma no tiene ese color.
-¿Por qué estás tan segura de eso?
-Porque lo siento.

En ese momento Alfonsina no aguantó las ganas de intervenir en la charla.
-Azul, ¿Por qué se refleja tanta tristeza en tu mirada?
-Es que perdí tres versos y un motivo.
-¿Tan importantes son que te provocan tanta tristeza?
-Muy importantes, eran versos que hablaban de amor, ilusiones, y fe; el motivo que ya no tengo es el de volver a escribir.
-Entiendo tu dolor azul, cuando algo ser pierde, o se rompe se ve y se siente todo de otra manera, así es la vida y vivirla es nunca terminar de empezar, todo acaba y todo puede comenzar, pero lo importante es que las cosas sucedan.

Azul miró a Alfonsina con mucha ternura, creo que sus palabras fueron las que necesitaba oír.
En silencio Valentino se acercó le tomó las manos a Azul y le dijo:
-Te dejo mis versos.
Alfonsina repitiendo el gesto de Valentino agregó:
-Y yo mis motivos.
Valentino continúo hablando:
-Te regalamos estas cosas para que no eches tanto de menos las que perdiste, para que las uses y puedas escribir en el futuro la historia que te negó el pasado, para que puedas entender que no está perdido aquello que no fue, y que todo se ve de otra manera con un nuevo amanecer.

Otra vez la misma pregunta: ¿Te quedas conmigo?


Ya sé que te hice esta pregunta hace algunos meses, hoy regreso porque aún no puedo sola. Afuera todo se parte en dos, y aquí adentro un alma muda necesita motivos para suspirar.
Mientras los encuentro…
¿Te quedas conmigo?

Muchas noches se apagaron y encendieron la nostalgia, los recuerdos de lo que no sucedió amenazan con quitarme lo que tengo.
Mientras me disfrazo de valiente y doy pelea…
¿Te quedas conmigo?

Hay palabras que quisiera decir, y tantas canciones siguen dormidas, mi guitarra en un rincón de la habitación espera desesperada, ella tiene mucho que expresar, y mis manos poco que decir.
Mientras las cuerdas amarran algo de inspiración…
¿Te quedas conmigo?

Para la luna no soy nadie, pero quiero creer que me echa de menos, hace tanto que no le dedico una mirada. Ella me regaló algo tan grande: su presencia, y yo era feliz con sólo verla llegar puntual alguna que otra noche.
Para volver a disfrutar de la fiesta de su encuentro…
¿Te quedas conmigo?

Aún me sigo muriendo de miedo, y hay cosas que definitivamente no voy a entender, mi universo es imperfecto, pero quiero pensar que es perfeccionable como una vez lo dijo Ernesto Sábato.
Mientras construyo y pinto las paredes…
¿Te quedas conmigo?

Hay cosas que aún no empiezan y otras que no acaban, para esas que todavía no me sorprenden, y para las otras que todavía no alcanzan a ser necesito algo de impulso.
Mientras armo el rompecabezas de mi vida…
¿Te quedas conmigo?

Quiero llegar a tiempo, no sé a donde y no sé a la puerta de quien, no puedo llegar tarde otra vez y perderme un abrazo, una atardecer en otro cielo, y ese sentimiento que aún desconozco.
Mientras aprendo a ser puntual…
¿Te quedas conmigo?

Aunque me convierta en la criatura más feliz del planeta, aunque encuentre el camino para tocar el cielo, aunque tenga todo eso que vi con los ojos cerrados, cuando la vida cancele su deuda, y cuando todo suceda.
En ese momento, más que nunca y para siempre…
¿Te quedas conmigo?


El guante blanco: Última parte

Tocó a la puerta y después de un rato una mujer salió a atender.
-Buenas noches señora.
-Buenas noches.
- Disculpe que la interrumpa tan tarde, estoy buscando a Sofía. ¿Vive acá?
-¿Quién es usted? ¿Para qué la busca?
-No se asuste, mi nombre es Lautaro, nada más quiero regresarle algo que le pertenece.
-Sofía soy yo. ¿Qué es lo que tiene para darme?
Con un gesto de emoción en su cara y medio tartamudeando por los nervios logró seguir hablando.
-Es un placer conocerla. Nada más quiero saber si esto es suyo. Con las manos temblorosas sacó del bolsillo el guante blanco.
Sofía no pudo contener el llanto. Mientras ella recuperaba el aliento él tuvo tiempo de observarla. Era una mujer joven, de aspecto sencillo, dulce, también al igual que él de mirada triste, y se notaba que su salud era frágil: no dejaba de toser y el color de su piel era muy pálido. Después de secarse las lágrimas le habló.
-¡Gracias Lutaro! No sabe como me dolió saber que había perdido un regalo tan valioso. El par de guantes me lo dio mi mejor amiga antes de irse a vivir a otro país. Ella se llama Agustina y es un ser hermoso, la verdad que me hace falta, la extraño mucho.
-Me imagino que debe se difícil vivir lejos de un ser tan querido.
-Si muy difícil. Lautaro, usted fue tan amable de venir hasta acá. ¿Quiere pasar? ¿Le puedo ofrecer algo para tomar?
-Muchas gracias Sofía, es usted muy amable.
Mientras esperaba que ella trajera algo de beber, observó con mucha atención la casa de Sofía. Un lugar muy cálido, con cuadros, muchos libros, y muebles antiguos.
Cuando por fin regresó Sofía con algo de timidez intentaron conversar.
-Lautaro ¿Por qué su interés de regresarle un guante a una persona desconocida? Hoy nadie hace eso, y mucho menos con algo tan simple como un guante.
-Le soy sincero, cuando vi el guante sentí algo especial, y mucha curiosidad. Además cuando vi que tenía un nombre y una frase incompleta bordados terminé de comprender que era algo de mucho valor.
-Gracias a Dios todavía quedan seres sensibles, capaces de entender el valor real de las cosas.
-Disculpe mi atrevimiento Sofía, pero me gustaría conocer las palabras que completan la frase.
Sofía sin dudarlo un segundo fue a buscar algo. A su regreso toma las manos de Lautaro y le deposita el otro guante.
Lautaro busca dentro de la tela y lee: ...nunca, nunca dejes de creer”.
Mirando fijamente el par de guantes repitió en silencio la frase completa:
“No importa lo que pase en tu vida ni lo que hagas, nunca, nunca dejes de creer”.
Con su rostro lleno de emoción Lautaro se levantó abruptamente y se dirigió a la puerta. Casi sin poder hablar intentó pronunciar algunas palabras.
-Me voy Sofía, fue un placer conocerla, gracias por todo.
Por nada Lautaro. ¿Por qué se va así casi huyendo?
-Es que no me siento bien Sofía.
-¿Puedo ayudarlo en algo?
Cuando Sofía termino de decir esas palabras ve el rostro de Lautaro lleno de lágrimas, y le repite la pregunta nuevamente.
-¿Puedo hacer algo por usted?
Lautaro siguiendo un impulso desesperado se arrodilla en el suelo y le toma muy fuerte las manos a Sofía.
¡Si Sofía! Puedes hacer algo por mí. ¡Por favor quiero tener fe! ¡Enséñame a creer!




Esta historia fue registrada en AGADU/Asociación General de Autores del Uruguay.

El guante blanco: Segunda parte


Al día siguiente la misma rutina, salir a preguntar por aquella mujer; después de todas las respuestas negativas un niño que jugaba a la pelota escuchó que estaba buscando a una señora de igual nombre que su vecina -vivía en el piso arriba de su casa-. Tartamudeando le rogó al niño que le indicara el camino. Cuando por fin llegó a la puerta, antes de golpear tomó unos minutos de descanso para que su respiración recuperara su ritmo normal.
Cuando al fin tocó le abrió la puerta una señora mayor, con mucha ansiedad pronunció las palabras.
-Buenas tardes señora, disculpe que la moleste, estoy buscando a una señora de nombre Sofía. ¿Es usted?
-No joven, Sofía es mi hija.
-Ella se encuentra, tengo necesidad de hacerle una pregunta.
-No, no está, hace dos semanas se fue de vacaciones. Si quiere hablar con ella vuelva dentro de diez días, seguro ya regresó para esa fecha.
-Señora muchas gracias por la atención, ha sido muy amable.
-No tiene nada que agradecer joven. Que tenga un buen día.
-Lo mismo para usted señora.
Con un gesto de desilusión se retiró del lugar, por los datos que le dio la señora no podía ser su hija la dueña del guante, ya que hace dos semanas se encuentra lejos de la cuidad. Volvió a su casa a sumergirse en la rutina, la emoción de encontrar a Sofía le había dado la posibilidad de esperar algo más, y sobre todo querer buscar.
A pesar de que ya no le quedaban muchos lugares donde averiguar, no quería perder la esperanza, la frase dentro del guante le daba fuerzas para continuar.
Tomó la decisión de esperar unos días, tal vez si se tranquilizaba un poco iba a obtener otros resultados. Volvió a dictar sus clases como siempre, a disfrutar de sus libros, de la música, y perderse entre las letras; la búsqueda le había regalado algo de inspiración.
Hoy era el día, se despertó con toda intención de encontrar a Sofía, después del trabajo retomaría la búsqueda. Volvió a la zona del hallazgo, comenzó a hacer las misma pregunta de las veces anteriores, pero ahora con más calma, había llegado a la conclusión de que su desesperación asustaba a la gente y por ende no le daban la información que él necesitaba.
Llegó la noche y la tristeza lo invadió, nadie sabía nada de Sofía, parecía que la dueña del guante sólo sería un misterio en su vida. Lleno de desilusión volvió a su casa, no quería hacer nada, sólo se dejó caer en el sillón, deseaba que el sueño le diera algo de paz.
Un golpe muy fuerte lo despertó abruptamente, no entendía nada, se sentía como en otro lado, cuando por fin aclaró sus ideas se acercó a la puerta y vio que le habían dejado un sobre. En el interior había una nota: Sofía vive cerca del puerto, justo en la esquina donde se cruzan las calles 90 y 10.
No entendía nada, y otra vez se llenó de interrogantes: ¿Cómo llegó la nota ahí? ¿Cómo sabía la persona que la dejó que estaba buscando a Sofía? ¿Realmente viviría ahí? De sólo imaginarlo su rostro se iluminó. También pensó que era sencillo que cualquier persona diera con él, ya que estuvo muy expuesto cuando recorrió las calles en busca de información.
Esa noche no durmió, caminó, y caminó pensando en los pasos que iba a seguir, dudaba si salir corriendo a la dirección que le habían dado, o esperar unos días para ir a ese lugar y estar lo más calmando posible.
En la mañana se fue a trabajar sin saber que hacer, pero estaba decidido a seguir lo que le dictara su corazón, si al regresar del trabajo le ganaba el impulso iría tras el sin dudarlo.
Así fue, casi sin darse cuenta sus pasos lo llevaban en dirección al puerto, él conocía las calles que mencionaba la nota, pero no recordaba la esquina, no recordaba que casa había en esa esquina, por más que quería estar tranquilo su ansiedad se adelantaba a lo que estaba por suceder.
Por fin encontró la casa, un lugar de aspecto tranquilo, desde ahí se podía respirar el olor al río, puesto que estaba a dos cuadras del puerto. Muy nervioso, respirando una y otra vez tratando de tomar valor dudaba si entrar a tocar o no, había esperado tanto ese momento que ahora no sabía que hacer. Cuando encontró algo de valor se dio cuenta que no tenía nada que perder, ya había recibido tantas respuestas negativas que una más ya no le haría nada, y si del otro lado de la puerta estaba Sofía por fin habría encontrado a la mujer que le dio un toque diferente a su rutinaria vida.

Continuará...

Esta historia fue registrada en AGADU/Asociación General de Autores del Uruguay.